Nadie iba a comprar eso
Hace años monté una web que, vista hoy, probablemente me daría vergüenza.
No había estrategia de contenidos.
No había marca personal.
No había comunidad.
No había un funnel con catorce cajitas conectadas mediante flechas.
Había una web.
No había oferta.
Y tráfico. Tráfico si había.
Poco más.
Recuerdo enseñársela a alguien.
La miró durante unos segundos y me dijo algo parecido a:
—¿Pero alguien compra esto?
La pregunta tenía bastante sentido.
Porque cuando trabajas en Internet ocurre una cosa curiosa.
Acabas viendo negocios que fuera de Internet serían difíciles de explicar sin parecer un delincuente o un imbécil.
Bases de datos.
Afiliación.
Leads.
Suscripciones.
Tráfico que compras en un sitio y monetizas en otro.
Páginas horribles que facturan.
Páginas preciosas que no venden una mierda.
Negocios enormes que desde fuera parecen cuatro enlaces y un formulario.
Durante mucho tiempo pensé que aprender Internet consistía en descubrir cuáles de esas cosas funcionaban.
Ahora creo que hay algo bastante más interesante.
Descubrir por qué funcionan.
Porque aquella pregunta —¿pero alguien compra esto?— sigue siendo probablemente una de las mejores preguntas que puedes hacerle a cualquier negocio.
Puedes envolverla en métricas.
Pero debajo sigue estando la misma pregunta bastante primitiva:
¿Hay alguien dispuesto a sacar la cartera por esto?
No darle a me gusta.
No decirte que la idea es buena.
No seguirte.
No decirte durante una cena que él también montaría algo así.
Pagar!!!
Hay proyectos que parecen extraordinarios hasta que haces esa pregunta.
Y otros que parecen completamente estúpidos hasta que alguien responde:
—Sí.
Y saca la tarjeta.
Con los años he aprendido a desconfiar bastante menos de las ideas raras. Y bastante más de las ideas que todo el mundo dice que son buenísimas. Porque entre una buena idea y un negocio hay una persona haciendo algo bastante incómodo.
Pagar por ella.
— Abelart
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